Y con todo ello, los envidiaba. Sentía cada vez más celos, a medida que se iba pareciendo más a ellos. Codiciaba lo único que a él le faltaba y que los hombres tenían: la importancia que lograban dar a su existencia, la pasión de sus alegrías y temores, la dulzura inquietante y su constante capacidad de amar. Vivían enamorados de sí mismos, de sus mujeres, de sus hijos, de su honor, o de su dinero; esos seres siempre se hallaban llenos de planes y esperanzas.
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