jueves, 13 de diciembre de 2012

Vocación

Kamala no lo buscó. Cuando supo que Siddharta había desaparecido, ni siquiera se sorprendió. ¿Qué no lo había sabido siempre? ¿No se trataba de un samana, de un hombre sin patria, de un peregrino? se dio cuenta perfectamente de ello en el último encuentro; y en medio del dolor por aquella pérdida, se alegraba de que todavía la última vez la hubiera estrechado con ardor contra su pecho, y de haber sentido una vez más cómo Siddharta la poseía y cómo Kamala se fundía con él.

Cuando recibió la noticia de la desaparición de Siddharta, se acercó a la ventana que tenía la jaula de oro con el exótico pájaro cantor. Abrió la portezuela, sacó el pájaro y lo dejó volar libremente. Durante largo tiempo siguió con la mirada el vuelo del ave.

Sansara

Y con todo ello, los envidiaba. Sentía cada vez más celos, a medida que se iba pareciendo más a ellos. Codiciaba lo único que a él le faltaba y que los hombres tenían: la importancia que lograban dar a su existencia, la pasión de sus alegrías y temores, la dulzura inquietante y su constante capacidad de amar. Vivían enamorados de sí mismos, de sus mujeres, de sus hijos, de su honor, o de su dinero; esos seres siempre se hallaban llenos de planes y esperanzas.

Kamala


- Eres el mejor amante que he conocido -declaró pensativa-. Eres más fuerte que otros, más flexible y espontáneo. Has aprendido mi arte muy bien, Siddharta. Algún día, cuando yo sea mayor, quiero tener un hijo tuyo. Y sin embargo, querido, sé que sigues siendo un samana, que no me quieres, que no amas a nadie. ¿No es eso verdad?

- Puede que lo sea -contestó cansado-. Pero soy como tú: tampoco amas... ¿Cómo podrías ejercer el amor como un arte? Las personas de nuestra naturaleza quizás no sepan amar. Los seres comunes sí que saben: ese es su secreto.


Siddharta, Herman Hesse