Kamala no lo buscó. Cuando supo que Siddharta había desaparecido, ni siquiera se sorprendió. ¿Qué no lo había sabido siempre? ¿No se trataba de un samana, de un hombre sin patria, de un peregrino? se dio cuenta perfectamente de ello en el último encuentro; y en medio del dolor por aquella pérdida, se alegraba de que todavía la última vez la hubiera estrechado con ardor contra su pecho, y de haber sentido una vez más cómo Siddharta la poseía y cómo Kamala se fundía con él.
Cuando recibió la noticia de la desaparición de Siddharta, se acercó a la ventana que tenía la jaula de oro con el exótico pájaro cantor. Abrió la portezuela, sacó el pájaro y lo dejó volar libremente. Durante largo tiempo siguió con la mirada el vuelo del ave.